Opinión

Recorrido en el Metro

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En el ejercicio de mi profesión de abogado, la semana pasada debí trasladarme a Villa Mella para el conocimiento de una audiencia. La primera cosa a decidir era la forma de traslado, para lo que consulté al buen amigo Dr. Rafael Herrera Morillo (Fellito) que reside en ese sector de la Provincia Santo Domingo. El me aconsejó trasladarme en el Metro, por ser más rápido, económico y sin el estrés que genera el tránsito matutino de la avenida Máximo Gómez y del propio del sector, después de llegar.

Lo que me pareció más práctico fue dejar mi vehículo en el estacionamiento del Colegio Médico Dominicano y caminar desde allí a la estación Francisco Caamaño Deñó ubicada en la calle Dr. Bernardo Correa y Cidrón casi esquina Abraham Lincoln. Como nunca había usado el Metro como transporte opté por guiarme de lo que hacían las personas que me precedieron.

Guiado por la observación me acerqué a la ventanilla y pedí una tarjeta habilitada para ida y regreso. Este sistema me pareció excelente, porque con la tarjeta habilitada se evita la compra y conservación de taquillas, como sucede todavía en el Metro de la ciudad de México, por ejemplo. Al descender por la escalera eléctrica al área de abordaje, esta área me pareció muy aceptable. Claro, no se compara con el Metro de Santiago de Chile; pero es muy admisible. Tiene más bien un parecido con el Metro de México.

No había mucho pasaje a la espera de abordar, ni tampoco los vagones estaban muy llenos, de manera que sin ninguna dificultad pude ocupar un asiento. Llamó mi atención el hecho de que los asientos eran ocupados sin respetar los que no debían usarse para guardar el distanciamiento físico tan recomendado en esta época de pandemia, pero al menos, todo el mundo usaba su mascarilla.

El tiempo de trayecto entre la estación Francisco A. Caamaño Deñó y la Mamá Tingó fue bastante corto, de tan solo unos 20 minutos. Creo que de haberlo hecho en mi vehículo, a esa hora, por lo menos se habría triplicado. Después de dejar el Metro y subir a la acera tuve que caminar por cinco minutos para llegar al tribunal. Esto me dio la oportunidad de observar el desenvolvimiento del comercio ambulatorio en las proximidades del metro y la venta improvisada de frutas afuera de algunas casas.

Concluida mi audiencia, de nuevo caminé hacia el Metro. Pregunté a un policía del sistema si había manera de cruzar interiormente de la entrada del este hacia la parada del oeste. Me dijo que no, que debía cruzar la calle si deseaba tomar el Metro hacia el Distrito Nacional. Esto me pareció una falla gruesa, porque cuando construyeron nuestro Metro ya otros en Latinoamérica tenían más de 30 años y esa es una de las facilidades que todos tienen. Esa falla obliga a exponerse al cruzar una calle muy transitada y pagar dos veces si la persona usa la entrada equivocada.

Descubierta esa primera falla quise observar otros detalles y me percaté de que no había baños en las estaciones. Otro gran fallo, pensé. Los baños son indispensables, porque la gente anda en la calle y puede tener que satisfacer necesidades fisiológicas y como nuestras ciudades no tienen baños públicos y los negocios con frecuencia señalan que el uso de los baños es solo para sus clientes, su ausencia constituye un verdadero problema para quien necesite usar uno con urgencia.

El abordaje del vagón en la estación Mamá Tingó fue menos fácil, había muchas personas a la espera de tomar el Metro. Traté de seleccionar el vagón de entrada más fácil, pero como la comunicación entre ellos está abierta, cuando logré entrar, todos los asientos habían sido ocupados por los más ágiles. No tuve más opción de pararme junto a uno de los barrotes, respetando la forma que se indicaba en el piso en que debía uno colocarse.

Frente a mí, quedaron sentadas varias jóvenes que conversaban animadamente. De repente y para mi sorpresa, una de ellas se levantó y con su mano me indicó que me sentara. Quedé sorprendido y estático pensando que se había equivocado o simplemente se había levantado para luego sentarse mejor. Pero ella, de manera firme me dijo: -Le estoy cediendo mi asiento, siéntese-. Le di las gracias y me senté, con más sorpresa que gratitud.

Cuando el vagón llegó a la estación Francisco Caamaño Deñó debía bajarme y la joven que me cedió el asiento todavía se mantenía de pie. Seguiría hacia la estación siguiente, en La Feria, que es la final de ese recorrido. Quise pedirle que ocupara mi asiento al yo levantarme, pero tan pronto di señales de que iba a pararme un joven se apresuró para ocupar mi asiento tan pronto me levantara. Tuve que mirar a la joven a manera de disculpa.

Mientras caminaba hacia el Colegio Médico Dominicano, pensando en la acción de la amable joven desconocida, me fui repitiendo muchas veces: -Sin duda alguna, me estoy volviendo viejo.

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